amores importantes I

Publicado en amores, cuentos el Diciembre 8, 2007 por Rafaela

Creo que esta tarde he vivido un momento de iluminación existencial. Recién el día de hoy comencé a pensar con detenimiento el significado de volver a vivir en México, y la cabeza no ha dejado de darme vueltas y vueltas. Me gusta este país, me gusta la gente, me gusta la comida. Pero sobre todo, me trae recuerdos muy gratos de experiencias importantes que cambiaron mi vida, completamente. Una de ellas fue el haberme enamorado, como nunca antes, de una mujer extraordinaria. A partir de ahí vivimos un romance extraordinario a la vez que terrible, y que me dejó una gran enseñanza: nunca te enamores de una hetero.

Antes de seguir contando esta historia debo decir que en mi vida -al menos hasta los treinta años-, fue un poco ecléctica en cuanto a preferencia sexual y amores se refiere. Vamos, ¿qué quiero decir cuando digo “ecléctica”? Veamos. Quiero decir con esto que, desde que tengo memoria de mis primeros enamoramientos a los doce años hasta los treinta, cuando tomé la gran decisión de no volver a salir con hombres, mi vida se se dividía entre relaciones con hombres y con mujeres. Si han leído esta entrada anterior se podrán imaginar el porqué de mi ruptura completa con el género masculino. Efectivamente, la relación con aquel escritor mexicano fue mi última relación con un hombre y el marco de nuestra ruptura fue la primera vez que en la FIL de Guadalajara se había incluido a un país como invitado de honor, ustamente Colombia, en 1993. Dicho de otra manera, hace catorce años que comencéa salir completamente del armario (como se dice ahora). Pero entonces eran tiempos difíciles, mucho más que hoy en día. Sin embargo, los primeros años de mi nuevo estado no se tradujeron en un proceso completo de asumir públicamente mi circunstancia. Tenía algunos amigos en quienes me apoyaba para salir en “lo social”, aunque frecuentaba los círculos lésbicos que empezaban a consolidarse de manera notoria después de una década de haberse abierto con franqueza (los ochenta fueron realmente importantes en ese sentido). Sin embargo, no encontraba yo una pareja estable. Pero por ahí de 1995 me enamoré perdidamente de una antropóloga mexicana y volví a vivir en México unos dos años. No fue el lapso de esos dos años un tiempo apacible. Los primeros meses habían sido alucinantes (cuando la conocí en un evento cultural en Valencia nos liamos, la alccancé en México tres meses después), pero el útlimo año lo viví en medio de situaciones de celos, broncas, problemas con el medio en el que ella se movía. Me costó ese año completo decidirme a dejar el país al cual con tanto trabajo había yo regresado. Dos años estuve encerrada en mí mism, sin querer pensar en amores ni en nada por el estilo. Me dediqué a trabajar como una mula. Llegaba la primera a la oficina, me iba la última. Trabajaba los fines de semana, los días feriados. Hoy en día le llaman “workholics”, a esa enfermedad, creo.

Pero las cosas cambiaron radicalmente en 1999. Ese año, la universidad donde yo trabajaba como encargada de publicaciones enviaba a varios académicos a un congreso internacional en México, en la ciudad de Morelia, una hermosa ciudad, pero demasiado cerca de Guadalajara, lugar al que yo le seguía teniendo aversión total. Sólo de pensar en su cercanía -está como a cuatro horas actualmente por autovía… pero este país es tan grande que eso es “cerca”-, me sentía enferma. Los organizadores decidieron que iban a hacer una pequeña feria de libros y así fue como fui a dar a México de nueva cuenta.

Para no aburrir con la historia del viaje, al que no iba en principio de buena gana, solamente decir que el primer día de trabajo se me fue en establecer convenios con las casas editoriales y universitarias que asistieron. Así que no me enteré de lo que iba el congreso, a pesar de haber tenido que estar en la inauguración y en la comida con el gobernador del estado, los rectores de universidades mexicanas y demás. Pero el segundo día, un imprevisto hizo que me tuviese que quedar a atender el estand de libros nuestros pues la chica quehabíamos contratado no llegó y no me pudieron apoyar con otra persona. Así que , durante los recesos de las sesiones del congreso me encargué de atender a los profesores que querían ver, comprar, o solamente saber cómo adquirir desde sus países nuestras publicaciones.

Estaba francamente aburrida y revisando las cuentas -muy malas- de venta de esos dos días, cuando se apareció en el lugar una chica terriblemente hermosa. Yo tenía entonces por regla de vida el no mirar a la gente con atención, pues me había negado a sentir. Pero había algo en ella que inmantó inmediatamente, así que desde que la vi mirando los libros con delicadeza inusual no tuve más remedio que seguirla con la mirada. Era como una muñeca de porcelana blanca, con los rasgos delicadamente marcados. Sus manos finas y pálidas repasaban las páginas de los libros con suavidad, como si las acariciara. Creo que eso me desubicó pues, si así recorría con sus dedos un pedazo de papel, algo me decía que pasar sus dedos sobre un ser vivo debía ser igual a comunicar la mayor ternura y afecto que alguien puede sentir. Era bajita, con gafas. Llevaba pantalones de un color indiferente y cubría su torso con una chaquetita muy mona, como profesora universitaria

- Disculpe-, me dijo-, ¿qué precio tiene este libro?

Su acento me dijo que no era mexicana sino sudamericana, pero no atiné a descubrir a la primera impresión la nacionalidad.

-Déjeme verlo-, le dije. Y me levanté del escritorio. Me acerqué a ella y nuestras miradas se cruzaron por un instante. Un sólo instante pero que fue suficiente como para que yo sintiera una punzada de interés en ella. Nos quedamos mirando a los ojos una fracción de tiempo y ella bajó su mirada a los libros. Tomé el que me extendía con su pálida mano y, por alguna torpeza de mi parte -soy una persona bastante torpe en ocasiones con el movimiento de mi cuerpo-, tomé el libro a la vez que tomé el dorso de sus dedos. Ella dio un respingo y me volvió a mirar fijamente a los ojos durante unos instantes. En esa mirada sentí que nos dijimos demasiadas cosas, nos hicimos demasiadas preguntas. Sus ojos eran hermosos detrás de esas gafas. Pero ella volvió a retirar la mirada para volver a los libros que estaban sobre la mesa de exposición mientras su mano izquerda seguía sosteniendo el libro en cuestión y que ya estaba en mis manos. Aproveché entonces para volver a acariciar con la puntade mi dedo índice el dorso de su mano, a lo que ella solamente sonrió, soltando el libro suavemente pero sin volverse a verme.

(continuará…)

cambios de vida

Publicado en cuentos el Diciembre 7, 2007 por Rafaela

Hoy viernes debería estar en Madrid de nuevo. Pero resulta que estoy otra vez en México. Varias cosas sucedieron en el viaje y en la semana anterior que definieron un cambio radical en la ruta de existencia. Resulta que tengo un ofrecimiento para quedarme en México, buen trabajo, cosas interesantes. Pero sobre todo, lo más atractivo es la posibilidad de regresar al lugar donde nací a mi “otra vida”. Creo que ésta es una oportunidad insuperable (parece), aunque todavía no doy crédito. Veremos lo que sucede. Por lo pront, estoy nerviosa. Ya os explicaré el porqué.

periplos

Publicado en cuentos el Diciembre 2, 2007 por Rafaela

Hoy se termina la FIL. Qué bueno porque estoy agotada. Mañana vuelo a San José de Costa Rica y el jueves a Madrid. Pero quizá no me quede mucho tiempo ahí si es que algo que empezó a cocinarse en una cena anoche, se concreta. Pero ya veremos. Mientras tanto, y como tenía una resaca un poco notoria, esta mañana he estado poco por la exposición de libros. No importa, porque ya mi trabajo terminó, en realidad, desde ayer. Así que me puedo dedicar unos momentos a mí misma. Por suerte, en el hotel hay conexión gratuita para Internet y tengo una hora navegando desde mi habitación, con el ordenador portatil. Y me puse a ir de un lado para el otro. Es maravilloso el internet porque puedes viajar y dar de vueltas por todos lados sin salir de casa… bueno, de la habitación del hotel (que por cierto, ha estado soleadita todo el día).

No sé qué me dio, pero empecé a buscar viejas rutasde blogs que antes frecuentaba pero que hace un tiempo no veo (exceso de trabajo). Una de ellas me llevó a saber que Kahlo (una artista catalana de quien leía sus blogs) se ha cambiado de sitio. Y en el nuevo me encontré un video impresionante, de la escena de una película que no he visto aún (pero que regresando a casa voy a buscarla) y que me dejó sin aliento. Se trata de Shoot ‘Em Up, y en la escena aparece Monica Bellucci y Clive Owen. Dato curioso, ambos tienen mi edad. Aquí la escena (no se puede poner en wordpress el video).

Y podrán decir, alguien que está metida en los libros ¿ve esas cosas? Si.

Vía: Dadanoias.

Continentes diversos.

Publicado en cuentos, desamores el Noviembre 30, 2007 por Rafaela

Hoy llegué a México en un vuelo de la maldita Iberia. No sé como puedo estar escribiendo esto ahora mismo, que son las 23:13 de aquí de un jueves y las 06:13 de un viernes para mí. El famoso jetlag (disritmia circardiana) me ha hecho estragos, pero aquí estoy, ecuánime, frente a la pantalla del ordenador. Volver a México ha sido toda una experiencia impresionante. Desde que tomas el avión y toda la tripulación de abordo te trata como un fardo de patatas, ya vas viendo el futuro que te espera si no te las apañas con la gente que conoces y quieres. ¡Me cago en la virgen!

Pero México, por suerte y en todas mis experiencias trasatlánticas, es más amable que todos los gilipollas con los que tienes que mediar en el inter. Sin embargo, México me trae a la memoria cosas demasiado fuertes y que hoy he vuelto a experimentar, aunque solamente a nivel de los recuerdos. Llegué a México y lo primero que hice fue tomar un otro avión a Guadalajara. Eso es algo que me gusta: que haya nombres de ciudades paralelas pero que, cuando te asomas, nada tienen que ver las unas con las otras. Una cosa es estar en Castilla la Mancha y otra en el estado de Jalisco (perdón si mis dedos cometen faltas de orografía y de ortografía). Y tuve que tomar el camino de Guadalajara (Jalisco, México) porque esta semana se lleva a cabo en ese sitio una de las ferias de libros, literarias y librescas más importantes del mundo hispánico: la FIL de Guadalajara. Todo para decir que esta es una actividad que, por mi trabajo, vengo realizando ocasionalmente, un año sí, un año no. Pero resulta que hace un tiempo -del cual no quiero acordarme y durante el cual yo vivía en México-, tuve que ir a esa Feria del Libro como casi cautiva durante tres o cuatro años que me parecieron milenios: me casé, me embaracé, me divorcié, aborté por causa de una medicina mal recetada… viajé por todo el mundo, regresé a mi tierra y abjuré de ella. Y México quedó en mi memoria racional y emocional de manera imborrable.

El caso es que hoy (“hoy” que es mi mañana pero para el resto de aquí sigue siendo hoy) no tuvieron conmiseración de mi “jetlag” y… que tuve que ir a la Feria. Entonces me acordé, insanamente, de ese cabrón hijo de puta con el que compartía mis días, mi vida, mis fluidos (y los suyos) hace algunos años…. y que llegó a presentar dos de sus libros en esa feria. La verdad, yo no sé qué le veía entonces (algo he de haberle visto, posiblemente intimidada por mi admiración hacia él, o en mi fantasía, que era más estúpidamente peor que mi admiración). El caso es que fui testigo de como un sujeto parco, humilde (en apariencia), lleno de sabiduría, podría transformarse en un monstruo insoportable y soberbio en ese espacio.

Me acuerdo ahora, como si lo hubiese visto hace tan solamente unos minutos: con su americana de pana y una corbata que no combinaba (siempre tuvo mal gusto para las corbatas), rodeado de chicos (pero sobre todo, chicas) del preunivesrsitario a quienes sus maestros obligan a ir a la feria. Y este cabrón hijo de puta, aprovechándose de cada adolecente que le pedía una foto (para “constatar” de que estuvo ahí), las metía mano a diestra y siniestra.

El caso es que, me acuerdo, en una ocasión (no recuerdo si la primera o la segunda), la chica se quedó estúpidamente prendada del autor. Me acuerdo cuando, en el pasillo del “centro de convenciones” se le acercó un grupo de adolescentes, entre ellos la chica en cuestión. No sé como (aunque yo no quitaba el ojo del asunto) se le coló bien cabe de él, y le metió no solamente la mano sino, también, el tetamenpor delante (que, según recuerdo, el tetamen era en esa chica algo digno del libro de los premios guines) y le acostó el dicho tetamen derecho contra el brazo, así, como si yo no existiera (la pobre chica, reconozco, no tenía por qué saberlo). Acto seguido, el muy hijo de puta (de ahora en adelante, HDP), cruzó su brazo derecho y con la mano, le acarició el tetamen discretamente, y de la misma forma lo retiró, para salir en la foto.

Un poco más tarde, mientras metíamos todos los libros comprados y obsequiados en el portavalijas del coche, otro coche se detuvo detrás de nosotros. Por la ventanilla se asomó una carita adolescente pero que llevaba en el gesto un signo de depravación que yo nunca antes había visto. Era la misma chica del tetamen abundante y que se la había colgado del HDP “para la foto”. Vamos, además, si antes no había entendido que yo iba con él, creo que podría haber pasado por la cabeza, al verme ahí de nuevo, en el parking de la feria, junto a él, que lo nuestro era algo más de una relación que sucede porque te encuentras en el mismo espacio. Claro, aunque debe haber pensado que yo era una especie de cargadora de libros que le estaba ayudando. El caso es que, le felicitó de nueva cuenta por su libro y, no contenta con ello, sacó medio cuerpo por la ventanilla para abrazarle y darle un beso que, si bien no alcancé a ver con detalle, pues me lo impedía el ángulo en el que habíamos quedado unos respecto de los otros, juraría que se lo había lanzado en plena boca. Y no contentos (la muy putilla y mi entonces “pareja”), intercambiaron unos papelitos que me dejaron pensando y que, estoy segura en lo sensible, más no en lo fáctico, tuvieron que ver con el inicio de la ruptura.

Resulta que, cuando llegamos al hotel, el HDP bajó al looby puesto que tenía que hacer una llamada, y cuando regresó me dijo lo que era inminente: que el fulano de la editorial tal por cual lo había citado para verse ahora mismo. Como yo ya estaba con cara de pocos amigos pues lo que yo quería era ducharme y meterme en la cama para descansar y, por tanto, ya me había desprendido de mi ropaje mientras él hacía esa llamada telefónica “de negocios” en el looby, me miró con cara “comprensiva” para decirme:

- Pero si tú ya no quieres salir, no importa, puedo ir solo.

Entendí -intuición femenina-, que era eso exactamente lo que el cabrón quería. Ni me inmuté y le dije “No te preocupes, cariño”.

Cuando una vivie con un hombre durante un tiempo, aprende a leer sus gestos. Vamos, no es algo difícil: los hombres soi de lo más predecibles en vuentras actitudes (y no os cabreis por lo que digo, solamente tomadlo en cuenta, sobre todo cuando querais ir de putas sin afectar vuestra relación). El caso es que el HDP se tomó el tiempo justo para ponerse de lo más guapo -y es que, debo condescender en ese punto: el tipo sí que sabe seducir, desde su apariencia hasta su palabra y trato… no en balde me sedujo a mí, roca de acantilado contra la cual muchos barcos han naufragado-, mientras que me decía lo apenado que se sentía porque no podía acompañarlo a una cena con “el maestro de los libreros de suramérica” (vamos, que ni yo me la creía).

Se fue. Yo sabía, por intuición, que iba a ver a la putita del inmenso tetamen. ¿Por qué? Chicas que leeis: cuando un hombre os diga que teneis unos pechos pequeños pero que le encantan, tomad nota. Sabreis inmediatamente que no le satisfacen y que quieren algo más. “Regreso a media noche”, me dijo. Yo sabía que no sería cierto.

Como una Magdalena me eché a llorar mientras, metida en la cama y con un conjuntito que había yo comprado para excitarle a él (al mismo HDP que me acababa de dejar por una tía guarra por lo menos diez años menor que yo y con un tetamen mucho más grande que el mío -soy de pequeñas proporciones ahí, aunque no de otras partes)-, veía el noticiero, me empeciné en pensar en lo que me estaba sucediendo en ese instante. No pasó mucho tiempo para que tomara una decisión. Las cosas, en realidad, ya se venían fastidiando desde hacía tiempo. Estábamos fuera del entorno cotidiano y me había dejado sola. Vamos, que era lo mismo que él había venido haciendo en el entorno cotidiano pero que yo no lo había procesado. Apagué el televisor, busqué en mi libreta el teléfono de una amiga mexicana muy guay que es también librera y que vive en Guadalajara, y la llamé. Le conté, a medias, mi historia. No había yo dicho la mitad de lo que quería decirle cuando me dijo: “paso por ti en veinte minutos”, y colgó. Los primeros cinco minutos me quedé tumbada en la cama como si no quisiera que las cosas se desataran (como iba a ocurrir). Pero cuando me di cuenta que “Y” -para guardar su anonimato-, estaba por llegar en quince minutos, me las apañé. Me levanté -ya me había duchado-, me vestí con un conjunto muy sensual, sedoso, y me maquillé de nuevo como cuando voy a las cenas de las embajadas. Todo ello en diez minutos. Y luego me pregunto, ¿cómo es que dicen los hombres que las mujeres tardamos tanto tiempo en arreglarnos?

Cuando “Y” pasó por mí, yo ya estaba en el looby del hotel comiéndome las uñas. ¿Dónde me llevaría? La respuesta no se hizo esperar. Pasamos una noche fantástica, yendo y viniendo de un sitio a otro de esos que las mexicanas han sabido crear (o alguna alma empresarial caritativa para con las mujeres), donde te la pasas fenomenal, con tipos que tienen unos cuerpos esculturales y que te hacen la noche, y el día, y los sueños. Claro, que es todo un espectáculo y, como tal, no tiene nada que ver con la realidad. Pero sí que tiene que ver. Esa noche ligué con un chico -cuyo nombre no escribo nunca pero que repito con religiosidad entre mis labios y en silencio-, quien, después de seguirnos de “antro” en “antro” (como dicen en México), terminó por convencerme que la única experiencia que le quedaba en la vida para morirse, era follar conmigo. ¡Qué lindo!

Cuando regresé al hotel, por ahí de las 12 del medio día siguiente, lo primer que hice fue preguntar si había regresado el HDP, y por la hora en la que había regreado. Me reí cuando la chica de la recepción me dijo que no sabía, pero que tenía la idea de que no había salido en toda la noche. Me cagué en sus muertos.

cenas

Publicado en cuentos el Noviembre 27, 2007 por Rafaela

Anoche hubo una cena en casa que, como es ya tradicional entre la fauna y flora que me rodea, derivó en borrachera. Ya ahí por las tres y media de la madrugada nos pusimos a filosofar en un tono que, como decía mi abuela, recordaba las discusiones de borrachos. Todos etilizados (algunos, también, cannabizados) argüían en pro o en contra de no sé cuántas cosas, la una más improbable que la anterior, y seguramente que la siguiente.

El caso es que la conversación derivó en los amores y en las ausencias. Entonces te extrañé (puto cabrón, no te lo mereces). Y así, entre un whiskey y un tequila (la noche era para perderse), quise que estuvieras ahí. Necesité insanamente que me volvieras a abrazar y que tu cuerpo se fundiera con el mío como hace tiempo (no voy a hablar de los años). Pero el caso es que no estabas. Pero tampoco había alguien más a la mano para sentirme confortada, de alguna manera (y aquí tengo un problema de origen, doctrinario, pues mi formación feminista -mi madre, mi abuela- me impediría decir lo que dije, pero lo digo: tenemos que tener los ovarios muy bien puestos y no necesitar de nadie. Esa es la consigna).

¿Qué te estaba diciendo? Ah, sí…. que te extraño.

Y estaba viendo el youtube y me encontré este video de Zalsomancer (como dice él mismo, su primer proyecto, supongo que de estudiar cine). Y aunque no tiene nada que ver con lo que siento yo cuando escucho esa rola, me ayuda a pensar el porqué no estás aquí. Y tiene que ver con las discusiones. ¿Por qué discutimos? No lo sé. Después de la borrachera me fui a dormir y soñé contigo. Y dentro del sueño me pregunté el porqué de muchas cosas.

Y aquí el “en vivo”:

Y luego seguí viendo y me encontré éste otro, justo del concierto del año en el que nos separamos: Venecia, 1989.

¿Te acuerdas que lo vimos por la televisión en aquel piso de Buenos Aires? Era la época de Alfonsín y si contábamos nuestra economía en dólares siempre nos alcanzaba, pero nunca hubiéramos podido vivir ahí teniendo que trabar en ese país. Eso sí, los gatos del jardín botánico, cerca de casa (el piso estaba en Araoz, en el corazón de Palermo) siempre comieron bien.

Canasta de cuentos.

Publicado en cuentos el Noviembre 25, 2007 por Rafaela

Recuperando mi parte blogeril, frente a una nueva vida.