Situaciones presentes (III)

Y llegó el gran día. Finalmente, el sábado nos invitaste a tu piso, a tu “departamento”, como dicen aquí, que acabas de encontrar hace unas semanas. Desde la primera vez que nos lo contaste, en el curro, que ya tenías piso, tu cara adoptó un carácter distinto. No dejas de ser esa chica que tiene como característica quedarse callada y mirando a un punto fijo de la nada, como pensando en un problema vital de suma importancia mientras el resto de la gente conversa. Pero te habías relajado, y eso se te notaba en el rostro, en tus ademanes, en tus gestos corporales.

Recuerdo cuando me llamaste para invitarme. “Me hace mucha ilusión que vengáis”. Yo estaba liadísima, intentando que el móvil no se me cayera de las manos. “Segura que estoy ahí”, te he dicho, “¿Qué te llevo?” El corazón no dejaba de acelerárseme.

Me causó mucha emoción tu emoción. En España, nos has contado, no has vivido fuera de la casa de tus padres. Como que el venir a México ha sido -está siendo- toda una experiencia. Es la primera vez que vives sola y desde mis algunos años más que los tuyos, te miro con ternura, con un afecto inusitado. Es más, te miro con deseo… pero con un deseo parco, temoroso, indecible. En mi emoción, desde el día anterior, fui a comprarte la botella de vino más maravilloso que hemos tomado en nuestras salidas con el resto de la gente.

Como he estado liáda estos días, el sábado no fue la excepción. Tuve que afrontar la crisis de un par de amigas (hermanas ellas) al medio día. Y hacía las nueve de la noche -cuando nos has citado- yo aún me encontraba tratando de calmar a una de ellas, a quien le duele en el alma que la otra -quien ha pasado por un calvario en unas clínicas de recuperación de adicciones-, de pasos en la reincidencia. Vamos, cada quien que se meta lo que quiera, pero eso de haber dejado el gato ahogándose en la bañera como que es “mucho con demasiado” (como decía una antigua amiga argentina).

Me despedí como pude, mal y a rastras, con el alma y el corazón hecho trizas. Cuando venía bajando la cuesta por la carretera (estaba en el límite de otro pueblo), me llamó la Rosa al móvil.

-¡Rafaela! ¿Dónde estás, cateta?-

-Voy, ya voy-, le dije.

-Que te estamos esperando… ¿no te habrás olvidado de la invitación a casa de Pili?

-Que no-, le dije. -Ya voy bajando la cuesta… estoy por Orandino.

-Bueno, no tardes. El timbre es el de último de arriba.

Llegué a tu casa. Ya estaba el resto de la gente. Al entrar al edificio, lo primero que me llegó al corazón fue tu olor. Me estabas esperando en el rellano de la escalera, después de abrir el portón eléctrico, pero antes que el “Hola”, tan clásico, tan español, y con ese acento tan andaluz tuyo que me encanta (que aquí no se dice así), ya había percibido tu perfume. Así como lo percibo cada vez que llegas a la oficina que está junto a la mía, y que antes de que te asomes por mi sitio, para decir los buenos días, ya me ha dibujado una sonrisa en la cara. Voltee a verte. Estabas preciosa con el cabello suelto, la falda blanca, la blusa a flores…

Nos hemos dado ese beso de paisanas, a doble mejilla, tú con esa sonrisa que te caracteriza (aquí se besan solamente en una mejilla), y al cruzar nuestros rostros para la segunda mejilla, sentí demasiado cerca de mi boca tu aliento, tu olor. Eso me puso muy nerviosa, agradablemente nerviosa. Te di la botella de vino e, inmediatamente, te has dado cuenta de que era el que nos habíamos tomado aquella noche del concierto. Tu brazo se entrelazó al mío para hacerme entrar en tu piso, y me encontré una mesa completa con toda la gente invitada. Sin embargo, lo que más nerviosa me puso es que, justamente, estaba un lugar vacío, para mí, a tu lado izquierdo. Y eso que había llegado tarde.

-Siéntate. Aquí, junto mío-.

Ha sido una velada deliciosa. Tú querías atenderme, servirme una copa, alcanzarme un platillo. Pero yo he querido estar como en casa, en tu casa como si fuera la mía, yendo y viniendo, ayudándote a atender a la demás gente, sirviéndome yo misma. Nos hemos puesto a conversar, animadamente como siempre, de cosas por debajo de lo que se está conversando al ruedo. Cosillas, pequeños temas, pero que son solamente -creo- un pretexto para estar apartadas del resto del ruido, como para hacer ese pequeño espacio . He sentido que nos podemos ver más tiempo a los ojos (siempre nos hemos retirado la mirada directa, no sé eso qué te diga), y he podido ver con más atención tus hermosos ojos, entre verdes y grises, grandes, profundos. Cuando una conversación ajena te hacía ver hacía otro lado, aprovechaba para observar tu cabello, castaño y rojizo, como la sangre que palpita en mis arterias y se hincha en tu cercanía. De pronto, fuiste por el postre a la cocina. Un pastel de manzana envuelto en un fino papel con un listón rosado. Te has hecho un lío tratando de desatar el listón y entonces he tratado de ayudarte, solamente para que nuestros dedos se cruzasen en medio de la mesa. Ambas saltamos, como si hubiese habido una descarga eléctrica, como si se hubiese saltado un resorte. Nuestros ojos se dirigieron a otro lugar muy alejado del posible cruce de nuestras miradas. Pero yo te vi de reojo y estabas un poco ruborizada. Creo que yo también. Aún así, no retiramos las manos de su cercanía, y te ayudé a quitar la envoltura del pastel, con lo que nuestras manos volvieron a reunirse sobre la mesa, una, dos, y hasta tres caricias. Entonces pesqué tus dedos (tus dedos largos, finos, hermosos, de tus manos largas y finas, como de vidente), entre los míos por un momento. Volteaste a ver el mantel de la mesa con la vista fija mientras sonreías e intentaste escapar de mis dedos para llevarte a la cocina el papel y el listón en el que venía envuelto el pastel. Entonces yo te tomé la mano izquierda, desde el dorso y, apretándola suavemente, te dije:

-Deja. Yo me llevo esto. ¿Quieres que traiga algo de la cocina, Pili?

Mientras te lo decía, te miraba a los ojos. Seguramente que lo supiste, con el rabillo de los tuyos, pero seguiste mirando fijamente el mantel, con mi mano apretando la tuya, y esbozando una sonrisa pero sin atreverte a verme a los ojos me dijiste,

-Bueno…-

-¿Bueno?-, te dije. -¿Me vas adejar sentirme como en casa, o no?

Mientras asentías con un gesto, cerraste los ojos y trataste de voltear la mano para entrelazar tus dedos con los míos, pero entonces la gente se dió cuenta y empezaron los comentarios del tipo “Pero bueno, ¿tienen que cortar el pastel entre las dos? Que el cuchillo sólo tiene un mango.” Y cosas por el estilo. Esas actitudes me cabrean, porque me hacen como tener en el balcón mis acciones, mis sentimientos, y los de la gente con quien estoy teniendo una comunicación más allá de la del café del sábado por la tarde.

Me levanté un poco ofuscada y fui a la cocina a tirar el papel y el listón del pastel, a los que hice un ovillo con un violento golpe de mis manos. Tan ofuscada estaba que no te sentí entrar a la cocina hasta que me di la vuelta. Y ahí estabas. Nuestras miradas se cruzaron una milésima de tiempo, suficiente para que se me quedaran grabadas para toda la vida. Pero de nuevo retiraste la mirada, y tu pudor me hizo contestarte de la misma manera.

-Rafaela, ¿estás bien?-

-Sí, mi niña, estoy bien. Deliciosa velada, has preparado una tapas maravillosas, me he sentido como en Sevilla. Tú, ¿cómo te encuentras?

-Bien, la verdad, me hacía muchísima ilusión que vinieras-

-A mí también, Pili, a mí también…

Y ahí nos quedamos, en la cocina, detenidas, sin vernos a los ojos pero sintiendo las ganas de mirarnos, las ganas de abrazarnos, las ganas (inmensas ganas) de besarnos. Y a punto estuve de besarte porque me acerqué a ti y tú cerraste los ojos como esperando lo impostergable. Y no se concretó, creo, solamente porque alguien en el comedor empezó a pedir a gritos su rebanada depastel y un café.

-¿Puedes preparar el café?-, me preguntaste separándote de mí y mientras salías a rebanar el maldito pastel. -Sabes, está la cafetera que me prestaste, la conoces, la uso todos los días…. perdona-

Y saliste de la cocina, trastabillando. Y sí, te presté una cafetera. De hecho, la compré para ti pero cuando me has dicho que me la pagabas te he dicho que te la presto. Total, estarás por aquí solamente un año. Yo, quién sabe.

MIentras preparaba el café, me di un par de ostias en la cabeza contra la pared de tu cocina. Ostias de rabia. ¿Por qué? ¿Por qué me estoy enamorando de ti justo cuando he decidido que mi corazón ya no tiene otro peldaño, ya no tiene otra habitación, cuando sus ventanas están cerradas? Y me mordi los labios. Demasiado fuerte, aunque solamente tú lo notaste cuando regresé a la mesa.

-Te has hecho daño-, me dijiste, aún sin mirarme completamente a los ojos mientras me alcanzabas una servilleta de papel.

-No-, te he dicho. Pero te he tomado la servilleta para limpiarme la gotita de sangre de los labios.

La velada siguió. El pastel no me apetecía, pero me comí un buen trozo. Volvimos a conversar como finjiendo una demencia acordada. De pronto, alguien dijo que el profesor francés que estaba a mi izquierda ya tenía cara de sueño. Y se levantaron para irse. Hubo gente que se despidió de mí como si yo me fuese a quedar en tu casa. En ese momento reaccioné. Bajé con el resto, tomé mi coche y enfilé para casa con lágrimas en los ojos. Cuando me despedí de ti te di un abrazo al cual respondiste demasiado cálidamente, pero en el cual me hiciste saber que tú tampoco querías que me quedara. Quién sabe qué hubiéramos hecho.

2 comentarios para “Situaciones presentes (III)”

  1. Rafaela, lei tu historia, ojalas te quiera…

  2. No sé, Javiera. Desde el sábado tuve que esperar a ayer para verla de nuevo, y los nervios me traicionaron. Ella estaba como si nada. Tenemos, ambas, demasiado trabajo estos días. Espero poder salir con ella el fin de semana.

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