Monte Carmelo

Esta semana llegaron a Guadalajara varias cajas con libros y otras cosas que tenía en Madrid. Tengo la casa hecha un desastre: todo lleno de cajas abiertas de las cuales voy sacando ropa, libros, cosas para la cocina, papeles. Toda la mañana he estado dedicada a ello, y tengo polvo hasta la nariz, estoy hecha un asco, encima me bajó. En una de las cajas, de pronto me encontré una carpeta de cuyo contenido no me acordaba y lo abrí. Fotos. Fotos de mi época en el piso de Monte Carmelo, en Sevilla. Estamos tú y yo, y las chicas que alquilaban las habitaciones. Las alemanas, la italiana (dulce niña), la rusa que nos dio tantos dolores de cabeza con sus cosas, la francesa, la irlandesa, la mexicana, la estadounidense. Todas las que pasaron por el piso durante el año que estuvimos ahí. Encontré unas cuantas fotos de la vez que hicimos una cena porque Valentina, la rusa, se iba. Estábamos Giulia, Valentina, Laura, tú y yo. Nos emborrachamos con manzanilla y orujo (combinación fatal). Pero nos divertimos un mogollón… al menos hasta que descubrí que abrazabas demasiado a Valentina. Estaba bien que se iba, pero lo de ustedes no eran abrazos fraternos. Encontré la foto donde se besaban, y la rompí, sentada entre el polvo, las cajas a medio vaciar, la casa que está hecha un desastre. Abrí una botella de tequila que compré ayer para la comida que tendré el sábado (me he aficionado al tequila en estas semanas), y me tomé dos chupitos seguidos (acá le llaman “caballitos”… y son más grandes que los vasitos de chupito). Debo decir que aquí me han enseñado a tomar tequila sin la mitología de sal en el dorso de la mano y la rodaja de limón: los buenos tequilas de Jalisco se toman solos. Cuando me servía el tercer caballito rompí a llorar como una idiota. Hace tiempo que no lloraba así. Pero ya no sé si lloraba por el recuerdo de Monte Carmelo o por haber roto la foto, o porque hoy me enteré que acaba de morir Aimè Cesaire. Ahora que escribo la tengo enfrente de mi: la he pegado con cinta adhesiva (aquí en México le llaman diurex, pero escriben Durex, como los preservativos). Si no la rompí entonces, no tenía que haberla roto ahora. Pero hoy estoy con una soledad tan sola que el recuerdo de Monte Carmelo y tu beso con Valentina han logrado descomponerme. Soy una mujer madura (ya lo era en nuestra época de Monte Carmelo); si me lo hubieras dicho quizá lo hubiese entendido. Pero todo me cayó tan de sorpresa. Esa fue la primera noche de muchas que no dormiste conmigo. Esa porque Valentina te embriagó con sus besos, las otras porque yo no te dejé entrar a nuestra habítación por semanas, aún después de que se hubo ido Valentina. Recuerdo que no solamente sentí enojo y tristeza, sino frustración. Valentina no tendría entonces ni siquiera 21 años. Yo ya pasaba los treinta y cinco y tú llegarías pronto a los cuarenta. Cuando dejé Monte Carmelo no te volví a ver. De esto hará ya muchos años, aunque he sabido de ti por amistades en común. Pero no sé. Todo ello se me volcó encima esta tarde, al abrir las cajas que he recibido esta semana, en este lado del mundo y que contienen recuerdos de Monte Carmelo y otras cosas.

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