Diarios cruzados, 1
Es curioso. Sin embargo, es algo que he querido hacer pero sobre lo que no he logrado decidirme. Quizá algunas palabras afectuosas y críticas en los comentarios de un post pasado (recientemente pasado), me hayan decidido a hacerlo. Aunque, quizá también, ese impulso previo que había en la declaración. Sea como sea (aunque agradezco mucho a quien hay que agradecer, la decisión), transcribo algunas líneas de mi diario íntimo actual, cruzado con esta especie de diario público que es una bitácora.
9 de abril
Creo que he tomado demasiado tequila desde el medio día. Creo que estoy un poco borracha porque tengo las mejillas coloradas y calientes. Veo que mi letra se inclina demasiado mientras escribo, aunque no acierta a [ilegible]. Me fastidia no tener un control abosluto (he querido escribir: absoluto) de los movimientos de mi puño. El caso es que te recuerdo, cuando no debía ni siquiera saber que existes.
¿Por qué me robaste la mirada aquella tarde de septiembre, mientras tomábamos un café? Con mi mirada te robaste algunas otra cosas. Pero sé que no debo decírtelo, sé que no debo darte pié al más mínimo regodeo de tu poder sobre mí. Porque no lo tienes.
Sé que eres una persona utilitaria. Sé que me usaste, no sólo aquella tarde, sino durante los cuatro días en los cuales estuvimos juntas. Sé que cada gesto tuyo, cada mirada, cada palabra, tenía la intención de hacerme un instrumento de tu desesperación. Sobre todo, la última noche en la que yo, estúpida, hice todo lo posible para crear un espacio en el cual no pudiesen molestarnos. Y ahí, como dice una frase que he aprendido actualmente en México, “sacaste el cobre”.
Las días anteriores habíamos salido. A comer, a cenar, a tomar algo. En medio de todas las actividades. Tú me lanzabas miradas con inteligencia, miradas furtivas, miradas provocadoras. Ponías tus manos cerca de las mías sobre las mesas, y al menor contacto las quitabas, sólo para volverlas a poner a mi alcance. Tus rodillas buscaban mis rodillas, solamente para hacerse a un lado cada vez que sentías la presión de mi gesto. ¿A qué estabas jugando?
La noche del tercer día salimos como de costumbre. Te llevé a ver cosas que acababa yo de descubrir en una ciudad donde nunca había vivido, sus barrios más hermosos, sus calles más tradicionales. Caminamos con los brazos entrelazados, bajo la llovizna, para poder caber ambas bajo el paraguas (no por otra cosa). Sentía sobre mi brazo la contundencia de tu seno, y ello me electrizó. En el parquecito aquel, me hablaste de tu novio italiano y tus proyectos de matrimonio. Yo te escuchaba impávida, mientras mis dedos se entrelazaban con los tuyos. Teníamos frío. Estábamos mojadas por la constante lluvia. Recuerdo que te hice una pregunta indiscreta, acerca de tu relación con tu italiano. Recuerdo que no me la contestaste y que, en cambio, te estrujaste contra mi abrazo. El vigilante de la plaza nos sacó de nuestro ensimismamiento. Caminamos hacia el auto, tomadas de la mano.
Solamente al subir, me llamaste por mi nombre. Y dijiste algo que no entendí mientras acercabas tu rostro al mío, solamente para besarme con un beso como el que nunca había recibido en mi vida. Me dejaste paralizada; con la boca ardiente. Nunca nadie me había besado así. Pensé que estaba mal porque tenías a tu novio italiano. Pero algo en mi interior deseaba que tu beso hubiese sido una forma de olvido. Nunca entenderé.
Te dejé en el hotel donde te hospedabas. Cuando subiste a tu habitación, lanzándome una mirada de “tengo sueño”, me acerqué a la administración para reservarme una habitación para la noche siguiente, tu última noche en esta ciudad. Quería no solamente darte una sorpresa, sino decirte que conmigo no se juega. Pasó aquel día.
Nos vimos, como era de esperarse, en las labores de las reuniones. Te invité a cenar. Estabas más seductora que nunca. Pasaron muchas cosas hermosas en la cena. Pedimos vinos, postres… de pronto hubo que irse. Al llegar a tu hotel te dije que tenía una habitación ahí mismo. Y me dijiste que estabas demasiado cansada y que el resto de la gente con la que venías podría estar al tanto. Subimos juntas por el ascensor y decidiste quedarte en el piso de mi habitación. Te invité a pasar y tú me dijiste que tenías que hablar conmigo para dejar ciertas cosas claras. Nos besamos en la boca nada más entrar, y te quedaste petrificada. Las siguientes horas me dediqué a besarte y acariciarte todo el cuerpo mientras que tú seguías en una especie de parálisis. Recuerdo que te desnudé poco a poco, y te besé poco a poco, todo el cuerpo, poco a poco.
Llegado un momento, me hiciste a un lado y te comenzaste a masturbar sin dejarme tocarte. Me prohibiste tocarte, solamente dejaste que te mirara. ¡Con las ganas que yo tenía de seguir besando donde te tocabas! Ahora mismo, recuerdo ese sabor tuyo. Pero no me dejaste. Al contrario, llegado un momento, me tiraste de espaldas y metiste tu cabeza entre mis piernas, sólo para arrancarme los dos orgasmos más maravillosos de mi existencia. Pero cuando te quise abrazar y acariciar recíprocamente, huiste. Te vestiste y saliste rápidamente de la habitación dicíendome que no se lo contase a nadie. Me dejaste en el medio de una situación existencial en la cual llevaba yo todas las de perder. Y así fue. Cuatro años después no he podido tener una pareja, simple y sencillamente porque tu locura de aquella noche me impide ser una persona normal.
¿Por qué tengo que esperar a tomarme unos tequilas para escribir esto sobre ti?
Y eso es todo. O parte. NO sé el porqué tengo que decirlo aquí. Pero funciona de alguna manera.
Abril 16, 2008 a 5:06 pm
Rafaela, gracias por contar esa historia, sea diario o ficcion, es muy sentida, muy bien llevada, me imagino que una mujer amando a otra mujer sufre, frecuentemente, este tipo de disilucion, de rechazo, quizas no porque no te deseen sino porque ese deseo mismo es mas fuerte de lo permitido socialmente y es esto para muchas mujeres lo dificil de sobrellevar.
Abril 16, 2008 a 8:23 pm
Tú lo has dicho. Aunque lo difícil no es tanto “sobrellevar” sino afrontar. Y en ese sentido, me quedo en la duda.
A la que se aumentan otras dudas.
¿Es lícito discutir aquí todo esto?
No sabes. No dejo de sentirme mal desde que lo escribí.
Me gustaría volver a ser una niña chiquita, sin conciencia, pegada a sus frazadas y metidaen su cuna.
Abril 17, 2008 a 4:14 pm
bueno, yo pienso que tu no has escrito nada ilicito, quizas choque a algunos lectores de blog tu intimidad pero han de saber que este es el mundo vivido, que no somos seres en serie y que vemos y sentimos el mundo de modo diferente, lo bonito es saber que existen perpectivas nuevas, apreciarlas y aprender