Recuerdos I
Me queda claro: me es imposible seguir una historia de manera consecutiva. Y lo que pasa es que mi pensamiento y mi memoria va por cualquier otro lado. Hoy, por ejemplo, no quiero acordarme de la argentina de la que empecé a escribir el otro día. Y todo eso a pesar de que su recuerdo me hace vibrar. O quizá por ello es que no quiero escribir de ella, pues me toca profundamente en el alma… y en otras partes menos etéreas (cuando recuerdo su piel, de alguna manera me humedezco).
Por eso quiero hoy escribir desde una distancia que me haga romper con todos los recuerdos “profundos”. Aunque eso es imposible. Porque hoy me acordé de ti.
Cuando tenía yo dieciseis años, mi padre me llevó por primera vez a Nueva York. La impresión de ese viaje la tengo completamente pegada en las entraña, pues creo que ahí empecé a ser quien soy.
Llegamos a Nueva York, al corazón de Manhatan (nos hospedábamos en el Hilton), para que mi padre cerrara varios tratos de su negocio de exportación. Pero también, de manera secreta, para que yo no siguiera en aquella tónica que el olvido de ellos (de mi padre y de mi madre) por mi llegada a la edad en la que una está ya pensando en otras cosas diferentes que en muñecas, no pasara de alguna manera desapercibida. Sé que tenían cierta culpa, pues hacía tiempo que no me prodigaban ni la más mínima caricia. Era yo entonces una adolescente encerrada en su mundo, desapegada de todas las cosas menos de el estudio y de una masturbación continua.
Una noche, no sé exactamente a los cuántos días de haber llegado a NUeva York, mi padre me invitó a cenar a un maravilloso restorán de comidade la India donde me harté de todo. Lo que más me llamó la atención fue que, por primera vez en mi vida, mi padre me preguntó qué quería yo tomar. Antes, he de decirlo, ellos (mi madre y mi padre) decidían si yo tomaba bebidas suaves o alcohólicas, pues desde pequeñas me enseñaron a tomar vino y espirituosos “para que me fuera educando”. Pero con tiento.
Por ello, la preguntade mi padre me dejó un poco descolocada. No había nunca antes pensado en que yo podía decidir sobre ciertas cosas más allá de las obvias: de primer plato tal… de segundo… esto.
Total que, mi padre, aquella noche me invitó a escoger entre la carta de vinos. Por cierto, era la primera vez que mi madre no estaba presente en un viaje al extranjero. Yo, emocionada, leí la carta de vinos y, consultando previamente con mi padre, pedí una botella de un francés de cuyo nombre no vale la pena acordarse. Mi padre dijo -Bien, pero primero, tomemos un aperitivo. Y pidió un par de whiskeys, uno para él y otro para mí. A lo largo de la cena fui teniendo la impresión de que la mirada de mi padre no era exactamente la mirada de un padre sobre una hija. Pero me hacía la distraída. Sentía cierto rubor con sus comentarios acerca de mí y de mi desarrollo… “Ya no eres mi chicquita… has cambiado mucho.. te has hecho mujer”, me decía. Y mientras lo decía, notaba que su mirada dejaba de lado el contacto visual del rostro que tienen todos los padres e hijos, e iba a situarse más abajo demi cuello, por ahí de la abertura de la blusa blanca que acababa de comprar en Macys esa mañana y que tan bien le quedaba a mis pequeños senos pues los hacía importantes. Para decirlo de otra manera: nunca había sentido el acoso de un hombre como por primera vez lo sentí aquella noche: para mi padre, yo no era su hija, sino una conquista (después me enteraría que una de las muchas) que solía echárse al bolsillo durante sus viajes. Debo confesar que, en efecto, él acabó por seducirme, pero eso es algo de lo que no quiero hablar ahora pues los años han pasado y yo no me acabo de enfrentar a ese asunto. Lo que sí puedo decir es que en aquel viaje, y un poco por culpa de la locura de mi padre, yo acabé por convertirme en algo más que una adolescente y a sentir la vida de una manera distinta de la que hasta entonces había experimentado.
Recuerdo que salimos del restorán de comida de la India con muchas copas de más. Aparte del digestivo (nunca antes había yo tomado whiskey), y las tres copas de vino que por persona tiene una botella, mi padre había pedido digestivos… “Un amareto para la señorita, no sea que tenga un hijo prieto…” le dijo al camarero que, para entonces, habíamos entendido que hablaba español.
Salimos a la calle y mi padre no quiso que tomáramos un taxi. Yo me sentía completamente perdida entre los vapores de tantas copas. Caminamos por lugares que, él decía, le eran conocidos. Llegó un momento en el que me abrazó de tal forma que hizo que parte de mi blusa recién comprada en Macys se volviera una arruga: me metió la mano hasta sitios que traté de olvidar para evitar contárselos a mi madre. Quizá frente a mi turbación, cuando llegamos frente aun bar desde cuyo interior emergían las notas de un trío de jazz, decidió dejar de manosearme y tomó conciencia de que yo no era su amante sino su hija: “¿Quieres entrar a escuchar algo de música?” Yo, asustada por o que venía pasando no dudé y contesté un sí rotundo.
Yo no sabía nada de jazz en aquel entonces. Luego, con el paso de los años, entendí que habíamos llegado a un lugar mítico en la calle 57, cerca de la avenida 4. Actualmente me gusta el jazz… pero en aquel tiempo casi legué a odiarlo. Entramos omo dos enamorados que hubiesen acabado de teneruna pelea. Nos sentamos en una mesa pequeña, cerca del escenario. Yo evitaba encontrar la mirada de mi padre y con la mía me dediqué a recorrer el espacio mientras un grupo de músicos (mi padre asegura que Miles Davis tocaba esa noche, nunca le creí), hasta que di con la mirada que me regresaba una chica sentada en una mesa al fondo, del lado derecho.
Era hermosa. COn el cabello crespo, muy oscuro, y su tez morena. Tendría unos cinco o seis años más que yo, pero quizá por lo mismo, ya era una experta en las noches. Quizá adivinó mi turbación y por ello se levantó de su asiento y vino a co nversar con nosotros en la mesa. A mi padre no le tomó porsorpresa, seguramente acostumbrado a ser el centro de atención de muchas mujeres… pero en esta ocasió él no lo era.
No sé cuánto tiempo pasó, pero fue la primera vez que pude escapar de la férrea mirada de mis padres hacia lo que restaba de noche. Ella me enamoró con sus rizos, mientras movía la cabeza siguiendo el compás de los músicos, y me preguntaba cosas sobre mí (algunas demasiado íntimas, al fin).
Amanecí en un departamento de un edificio cuyos balcones daban a Washington Square… creo que en la 14. Andre -ese era su nombre- me había exprimido la piel durante toda la madrugada. Sentía mis muslos pegosteosos mientras que el olor del café me iba despertando. En algún momento me percaté de que no llevaba puesta ninguna prenda… ni siquiera las calcetas blancas… ¿Mi blusa recién comprada en Macys? Recordé entonces imágenes que me llenaron la cara de rubor. Entonces entró Andrea a la habitación con una taza de café bien caliente: la di un beso, y nos fundimos en otro tiempo por el resto de la mañana.
El reencuentro con mi padre es otra historia.
Mayo 13, 2008 a 9:05 pm
[...] mi padre no es más que una serie de cosas impactantes, mas no vitales en lo cotidiano. Como aquel viaje a Nueva York. Es cierto, fue vital puesto que fue un viaje en el cual aprendí a masturbarme, y eso lo [...]