amores importantes I
Creo que esta tarde he vivido un momento de iluminación existencial. Recién el día de hoy comencé a pensar con detenimiento el significado de volver a vivir en México, y la cabeza no ha dejado de darme vueltas y vueltas. Me gusta este país, me gusta la gente, me gusta la comida. Pero sobre todo, me trae recuerdos muy gratos de experiencias importantes que cambiaron mi vida, completamente. Una de ellas fue el haberme enamorado, como nunca antes, de una mujer extraordinaria. A partir de ahí vivimos un romance extraordinario a la vez que terrible, y que me dejó una gran enseñanza: nunca te enamores de una hetero.
Antes de seguir contando esta historia debo decir que en mi vida -al menos hasta los treinta años-, fue un poco ecléctica en cuanto a preferencia sexual y amores se refiere. Vamos, ¿qué quiero decir cuando digo “ecléctica”? Veamos. Quiero decir con esto que, desde que tengo memoria de mis primeros enamoramientos a los doce años hasta los treinta, cuando tomé la gran decisión de no volver a salir con hombres, mi vida se se dividía entre relaciones con hombres y con mujeres. Si han leído esta entrada anterior se podrán imaginar el porqué de mi ruptura completa con el género masculino. Efectivamente, la relación con aquel escritor mexicano fue mi última relación con un hombre y el marco de nuestra ruptura fue la primera vez que en la FIL de Guadalajara se había incluido a un país como invitado de honor, ustamente Colombia, en 1993. Dicho de otra manera, hace catorce años que comencéa salir completamente del armario (como se dice ahora). Pero entonces eran tiempos difíciles, mucho más que hoy en día. Sin embargo, los primeros años de mi nuevo estado no se tradujeron en un proceso completo de asumir públicamente mi circunstancia. Tenía algunos amigos en quienes me apoyaba para salir en “lo social”, aunque frecuentaba los círculos lésbicos que empezaban a consolidarse de manera notoria después de una década de haberse abierto con franqueza (los ochenta fueron realmente importantes en ese sentido). Sin embargo, no encontraba yo una pareja estable. Pero por ahí de 1995 me enamoré perdidamente de una antropóloga mexicana y volví a vivir en México unos dos años. No fue el lapso de esos dos años un tiempo apacible. Los primeros meses habían sido alucinantes (cuando la conocí en un evento cultural en Valencia nos liamos, la alccancé en México tres meses después), pero el útlimo año lo viví en medio de situaciones de celos, broncas, problemas con el medio en el que ella se movía. Me costó ese año completo decidirme a dejar el país al cual con tanto trabajo había yo regresado. Dos años estuve encerrada en mí mism, sin querer pensar en amores ni en nada por el estilo. Me dediqué a trabajar como una mula. Llegaba la primera a la oficina, me iba la última. Trabajaba los fines de semana, los días feriados. Hoy en día le llaman “workholics”, a esa enfermedad, creo.
Pero las cosas cambiaron radicalmente en 1999. Ese año, la universidad donde yo trabajaba como encargada de publicaciones enviaba a varios académicos a un congreso internacional en México, en la ciudad de Morelia, una hermosa ciudad, pero demasiado cerca de Guadalajara, lugar al que yo le seguía teniendo aversión total. Sólo de pensar en su cercanía -está como a cuatro horas actualmente por autovía… pero este país es tan grande que eso es “cerca”-, me sentía enferma. Los organizadores decidieron que iban a hacer una pequeña feria de libros y así fue como fui a dar a México de nueva cuenta.
Para no aburrir con la historia del viaje, al que no iba en principio de buena gana, solamente decir que el primer día de trabajo se me fue en establecer convenios con las casas editoriales y universitarias que asistieron. Así que no me enteré de lo que iba el congreso, a pesar de haber tenido que estar en la inauguración y en la comida con el gobernador del estado, los rectores de universidades mexicanas y demás. Pero el segundo día, un imprevisto hizo que me tuviese que quedar a atender el estand de libros nuestros pues la chica quehabíamos contratado no llegó y no me pudieron apoyar con otra persona. Así que , durante los recesos de las sesiones del congreso me encargué de atender a los profesores que querían ver, comprar, o solamente saber cómo adquirir desde sus países nuestras publicaciones.
Estaba francamente aburrida y revisando las cuentas -muy malas- de venta de esos dos días, cuando se apareció en el lugar una chica terriblemente hermosa. Yo tenía entonces por regla de vida el no mirar a la gente con atención, pues me había negado a sentir. Pero había algo en ella que inmantó inmediatamente, así que desde que la vi mirando los libros con delicadeza inusual no tuve más remedio que seguirla con la mirada. Era como una muñeca de porcelana blanca, con los rasgos delicadamente marcados. Sus manos finas y pálidas repasaban las páginas de los libros con suavidad, como si las acariciara. Creo que eso me desubicó pues, si así recorría con sus dedos un pedazo de papel, algo me decía que pasar sus dedos sobre un ser vivo debía ser igual a comunicar la mayor ternura y afecto que alguien puede sentir. Era bajita, con gafas. Llevaba pantalones de un color indiferente y cubría su torso con una chaquetita muy mona, como profesora universitaria
- Disculpe-, me dijo-, ¿qué precio tiene este libro?
Su acento me dijo que no era mexicana sino sudamericana, pero no atiné a descubrir a la primera impresión la nacionalidad.
-Déjeme verlo-, le dije. Y me levanté del escritorio. Me acerqué a ella y nuestras miradas se cruzaron por un instante. Un sólo instante pero que fue suficiente como para que yo sintiera una punzada de interés en ella. Nos quedamos mirando a los ojos una fracción de tiempo y ella bajó su mirada a los libros. Tomé el que me extendía con su pálida mano y, por alguna torpeza de mi parte -soy una persona bastante torpe en ocasiones con el movimiento de mi cuerpo-, tomé el libro a la vez que tomé el dorso de sus dedos. Ella dio un respingo y me volvió a mirar fijamente a los ojos durante unos instantes. En esa mirada sentí que nos dijimos demasiadas cosas, nos hicimos demasiadas preguntas. Sus ojos eran hermosos detrás de esas gafas. Pero ella volvió a retirar la mirada para volver a los libros que estaban sobre la mesa de exposición mientras su mano izquerda seguía sosteniendo el libro en cuestión y que ya estaba en mis manos. Aproveché entonces para volver a acariciar con la puntade mi dedo índice el dorso de su mano, a lo que ella solamente sonrió, soltando el libro suavemente pero sin volverse a verme.
(continuará…)
Enero 8, 2008 a 7:15 pm
[...] Canasta de cuentos Mi blog relajado « amores importantes I [...]