Continentes diversos.
Hoy llegué a México en un vuelo de la maldita Iberia. No sé como puedo estar escribiendo esto ahora mismo, que son las 23:13 de aquí de un jueves y las 06:13 de un viernes para mí. El famoso jetlag (disritmia circardiana) me ha hecho estragos, pero aquí estoy, ecuánime, frente a la pantalla del ordenador. Volver a México ha sido toda una experiencia impresionante. Desde que tomas el avión y toda la tripulación de abordo te trata como un fardo de patatas, ya vas viendo el futuro que te espera si no te las apañas con la gente que conoces y quieres. ¡Me cago en la virgen!
Pero México, por suerte y en todas mis experiencias trasatlánticas, es más amable que todos los gilipollas con los que tienes que mediar en el inter. Sin embargo, México me trae a la memoria cosas demasiado fuertes y que hoy he vuelto a experimentar, aunque solamente a nivel de los recuerdos. Llegué a México y lo primero que hice fue tomar un otro avión a Guadalajara. Eso es algo que me gusta: que haya nombres de ciudades paralelas pero que, cuando te asomas, nada tienen que ver las unas con las otras. Una cosa es estar en Castilla la Mancha y otra en el estado de Jalisco (perdón si mis dedos cometen faltas de orografía y de ortografía). Y tuve que tomar el camino de Guadalajara (Jalisco, México) porque esta semana se lleva a cabo en ese sitio una de las ferias de libros, literarias y librescas más importantes del mundo hispánico: la FIL de Guadalajara. Todo para decir que esta es una actividad que, por mi trabajo, vengo realizando ocasionalmente, un año sí, un año no. Pero resulta que hace un tiempo -del cual no quiero acordarme y durante el cual yo vivía en México-, tuve que ir a esa Feria del Libro como casi cautiva durante tres o cuatro años que me parecieron milenios: me casé, me embaracé, me divorcié, aborté por causa de una medicina mal recetada… viajé por todo el mundo, regresé a mi tierra y abjuré de ella. Y México quedó en mi memoria racional y emocional de manera imborrable.
El caso es que hoy (”hoy” que es mi mañana pero para el resto de aquí sigue siendo hoy) no tuvieron conmiseración de mi “jetlag” y… que tuve que ir a la Feria. Entonces me acordé, insanamente, de ese cabrón hijo de puta con el que compartía mis días, mi vida, mis fluidos (y los suyos) hace algunos años…. y que llegó a presentar dos de sus libros en esa feria. La verdad, yo no sé qué le veía entonces (algo he de haberle visto, posiblemente intimidada por mi admiración hacia él, o en mi fantasía, que era más estúpidamente peor que mi admiración). El caso es que fui testigo de como un sujeto parco, humilde (en apariencia), lleno de sabiduría, podría transformarse en un monstruo insoportable y soberbio en ese espacio.
Me acuerdo ahora, como si lo hubiese visto hace tan solamente unos minutos: con su americana de pana y una corbata que no combinaba (siempre tuvo mal gusto para las corbatas), rodeado de chicos (pero sobre todo, chicas) del preunivesrsitario a quienes sus maestros obligan a ir a la feria. Y este cabrón hijo de puta, aprovechándose de cada adolecente que le pedía una foto (para “constatar” de que estuvo ahí), las metía mano a diestra y siniestra.
El caso es que, me acuerdo, en una ocasión (no recuerdo si la primera o la segunda), la chica se quedó estúpidamente prendada del autor. Me acuerdo cuando, en el pasillo del “centro de convenciones” se le acercó un grupo de adolescentes, entre ellos la chica en cuestión. No sé como (aunque yo no quitaba el ojo del asunto) se le coló bien cabe de él, y le metió no solamente la mano sino, también, el tetamenpor delante (que, según recuerdo, el tetamen era en esa chica algo digno del libro de los premios guines) y le acostó el dicho tetamen derecho contra el brazo, así, como si yo no existiera (la pobre chica, reconozco, no tenía por qué saberlo). Acto seguido, el muy hijo de puta (de ahora en adelante, HDP), cruzó su brazo derecho y con la mano, le acarició el tetamen discretamente, y de la misma forma lo retiró, para salir en la foto.
Un poco más tarde, mientras metíamos todos los libros comprados y obsequiados en el portavalijas del coche, otro coche se detuvo detrás de nosotros. Por la ventanilla se asomó una carita adolescente pero que llevaba en el gesto un signo de depravación que yo nunca antes había visto. Era la misma chica del tetamen abundante y que se la había colgado del HDP “para la foto”. Vamos, además, si antes no había entendido que yo iba con él, creo que podría haber pasado por la cabeza, al verme ahí de nuevo, en el parking de la feria, junto a él, que lo nuestro era algo más de una relación que sucede porque te encuentras en el mismo espacio. Claro, aunque debe haber pensado que yo era una especie de cargadora de libros que le estaba ayudando. El caso es que, le felicitó de nueva cuenta por su libro y, no contenta con ello, sacó medio cuerpo por la ventanilla para abrazarle y darle un beso que, si bien no alcancé a ver con detalle, pues me lo impedía el ángulo en el que habíamos quedado unos respecto de los otros, juraría que se lo había lanzado en plena boca. Y no contentos (la muy putilla y mi entonces “pareja”), intercambiaron unos papelitos que me dejaron pensando y que, estoy segura en lo sensible, más no en lo fáctico, tuvieron que ver con el inicio de la ruptura.
Resulta que, cuando llegamos al hotel, el HDP bajó al looby puesto que tenía que hacer una llamada, y cuando regresó me dijo lo que era inminente: que el fulano de la editorial tal por cual lo había citado para verse ahora mismo. Como yo ya estaba con cara de pocos amigos pues lo que yo quería era ducharme y meterme en la cama para descansar y, por tanto, ya me había desprendido de mi ropaje mientras él hacía esa llamada telefónica “de negocios” en el looby, me miró con cara “comprensiva” para decirme:
- Pero si tú ya no quieres salir, no importa, puedo ir solo.
Entendí -intuición femenina-, que era eso exactamente lo que el cabrón quería. Ni me inmuté y le dije “No te preocupes, cariño”.
Cuando una vivie con un hombre durante un tiempo, aprende a leer sus gestos. Vamos, no es algo difícil: los hombres soi de lo más predecibles en vuentras actitudes (y no os cabreis por lo que digo, solamente tomadlo en cuenta, sobre todo cuando querais ir de putas sin afectar vuestra relación). El caso es que el HDP se tomó el tiempo justo para ponerse de lo más guapo -y es que, debo condescender en ese punto: el tipo sí que sabe seducir, desde su apariencia hasta su palabra y trato… no en balde me sedujo a mí, roca de acantilado contra la cual muchos barcos han naufragado-, mientras que me decía lo apenado que se sentía porque no podía acompañarlo a una cena con “el maestro de los libreros de suramérica” (vamos, que ni yo me la creía).
Se fue. Yo sabía, por intuición, que iba a ver a la putita del inmenso tetamen. ¿Por qué? Chicas que leeis: cuando un hombre os diga que teneis unos pechos pequeños pero que le encantan, tomad nota. Sabreis inmediatamente que no le satisfacen y que quieren algo más. “Regreso a media noche”, me dijo. Yo sabía que no sería cierto.
Como una Magdalena me eché a llorar mientras, metida en la cama y con un conjuntito que había yo comprado para excitarle a él (al mismo HDP que me acababa de dejar por una tía guarra por lo menos diez años menor que yo y con un tetamen mucho más grande que el mío -soy de pequeñas proporciones ahí, aunque no de otras partes)-, veía el noticiero, me empeciné en pensar en lo que me estaba sucediendo en ese instante. No pasó mucho tiempo para que tomara una decisión. Las cosas, en realidad, ya se venían fastidiando desde hacía tiempo. Estábamos fuera del entorno cotidiano y me había dejado sola. Vamos, que era lo mismo que él había venido haciendo en el entorno cotidiano pero que yo no lo había procesado. Apagué el televisor, busqué en mi libreta el teléfono de una amiga mexicana muy guay que es también librera y que vive en Guadalajara, y la llamé. Le conté, a medias, mi historia. No había yo dicho la mitad de lo que quería decirle cuando me dijo: “paso por ti en veinte minutos”, y colgó. Los primeros cinco minutos me quedé tumbada en la cama como si no quisiera que las cosas se desataran (como iba a ocurrir). Pero cuando me di cuenta que “Y” -para guardar su anonimato-, estaba por llegar en quince minutos, me las apañé. Me levanté -ya me había duchado-, me vestí con un conjunto muy sensual, sedoso, y me maquillé de nuevo como cuando voy a las cenas de las embajadas. Todo ello en diez minutos. Y luego me pregunto, ¿cómo es que dicen los hombres que las mujeres tardamos tanto tiempo en arreglarnos?
Cuando “Y” pasó por mí, yo ya estaba en el looby del hotel comiéndome las uñas. ¿Dónde me llevaría? La respuesta no se hizo esperar. Pasamos una noche fantástica, yendo y viniendo de un sitio a otro de esos que las mexicanas han sabido crear (o alguna alma empresarial caritativa para con las mujeres), donde te la pasas fenomenal, con tipos que tienen unos cuerpos esculturales y que te hacen la noche, y el día, y los sueños. Claro, que es todo un espectáculo y, como tal, no tiene nada que ver con la realidad. Pero sí que tiene que ver. Esa noche ligué con un chico -cuyo nombre no escribo nunca pero que repito con religiosidad entre mis labios y en silencio-, quien, después de seguirnos de “antro” en “antro” (como dicen en México), terminó por convencerme que la única experiencia que le quedaba en la vida para morirse, era follar conmigo. ¡Qué lindo!
Cuando regresé al hotel, por ahí de las 12 del medio día siguiente, lo primer que hice fue preguntar si había regresado el HDP, y por la hora en la que había regreado. Me reí cuando la chica de la recepción me dijo que no sabía, pero que tenía la idea de que no había salido en toda la noche. Me cagué en sus muertos.
Noviembre 30, 2007 a 8:35 pm
[...] Rafaela wrote an interesting post today on Continentes diversos.Here’s a quick excerptUna cosa es estar en Castilla la Mancha y otra en el estado de Jalisco (perdón si mis dedos cometen faltas de orografía y de ortografía). Y tuve que tomar el camino de Guadalajara (Jalisco, México) porque esta semana se lleva a cabo en … [...]
Diciembre 8, 2007 a 10:11 pm
[...] salir con hombres, mi vida se se dividía entre relaciones con hombres y con mujeres. Si han leído esta entrada anterior se podrán imaginar el porqué de mi ruptura completa con el género masculino. Efectivamente, la [...]